Biografía

A continuación, la biografía detallada de la escritora. Para observar fotografías ilustrativas vaya a la sección “Galería de Fotos.

La escritora Mariela Arvelo nació en Caracas, Venezuela, el 27 de noviembre de 1939; sin embargo prefiere pensar que nació en un hato llanero, o en una aldea de la montaña.  Hija del poeta y abogado Alberto Arvelo Torrealba y de doña Rosa Dolores Ramos Calles, tuvo solo un hermano, Alberto.

Las memorias de sus primeros años se hallan mezcladas, confundidas, en lugares y ambientes muy diversos. Antes que nada está Barinas: tenía dos o tres años y su padre era Gobernador. Recuerda el hato del tío Pompeyo, los paseos en canoa, por los ríos y lagunas y la casona colonial, frente a la Plaza Bolívar, en cuyo corredor doña Rosa hacía un inmenso pesebre que el poeta adornaba con ramas de estoraque. Y en el pesebre metían a los dos niños, para la fotografía de Navidad.

Apenas terminó la II Guerra Mundial, viajaron a París, pues don Alberto tenía un cargo diplomático. Allí Mariela asistía a la escuela preescolar y le encantaba pasear en coche de caballos.  Por razones políticas, la familia Arvelo Ramos regresó a Venezuela – con una   escala de varios meses en Nueva York –  y se vio obligada a pasar una temporada en una casita de Turén, en pleno monte, donde salían enormes alacranes y ciempiés… Poco después se mudaron a su casa de Acarigua, también frente a la Plaza Bolívar, donde Mariela vivió los años más felices de su infancia. En Acarigua  estudió 2º y 3er grados,  aprendió a patinar, a elevar papagayos junto a su hermano y a montar bicicleta. Allí hizo la Primera Comunión, fue Reina del  Carnaval Infantil y cuando llegaba diciembre era la primera niña en llegar a la iglesia San Miguel Arcángel, a las cinco de la madrugada, para cantar en las Misas de Aguinaldo. También recuerda con deleite los baños en el río, la alegre casa de los abuelitos y el familiar ambiente pueblerino.

En 1950 viajó con su familia a La Paz, Bolivia, pues el poeta Arvelo había sido nombrado Embajador de Venezuela. Ese viaje fue revelador para Mariela, ya que  entró en contacto, por primera vez, con los grupos indígenas del continente. Los quechua y los aimara, le llamaron poderosamente la atención y de inmediato se sintió atraída hacia ellos: su lengua, su vestuario, sus facciones, su manera de ser y  comportarse, su orgullo de raza, todo le intrigaba. (Mucho tiempo después, cuando  estuvo de visita en México, ella sintió de nuevo el fuerte impacto de la cultura indígena.)  Como dato curioso cabe destacar que Mariela estudiaba en el colegio “Inglés Católico” de La Paz, y su profesor de inglés era el amable Mister Ruiz… ¡un indio quechua!

Después de un par de años, regresaron a Caracas,  y Mariela ingresó al Colegio “San José de Tarbes”, de monjas francesas, para estudiar 6º grado. Pero esta temporada fue corta, pues su padre fue nombrado Embajador en Italia y en abril de 1953,  los cuatro incansables viajeros se embarcaron hacia Nápoles.

La larga estadía en Roma, de más de tres años, fue fundamental en la formación de la jovencita, quien comenzó a estudiar en el “Marymount International School”, un instituto  de monjas inglesas donde asistían las hijas de los diplomáticos. Mariela deseaba estudiar en un colegio italiano, pero no fue aceptada ya que no tenía los conocimientos de latín que eran requeridos. Poco a poco la joven se familiarizó con la Roma antigua: se enamoró de sus ruinas, sus museos e iglesias, sus catacumbas. Llegó a hablar italiano como una auténtica romana, y en poco tiempo se convirtió en la “guía oficial” de los amigos venezolanos que llegaban a visitar la familia. Las historias antiguas de los dioses y héroes, el sacrifico de los mártires, la Pietá  y el Moisés… todo le producía un extraño goce, un desconcierto, y cada día quería aprender más, averiguar más. Y una vez, después de visitar con su hermano Alberto una impresionante muestra en el Museo Etrusco, escribió su primer cuento, que el día siguiente fue leído en clase. ¡Y éste fue el primero de una serie de “cuentos de terror” que a ella misma le causaban espanto! A partir de ese entonces Mariela no dejó de escribir. Pero escribía y rompía lo que escribía pues le daba vergüenza que alguien pudiera leer sus secretos apuntes.

Regresó a Venezuela y el día que cumplió 18 años, el 27 de noviembre de 1957, contrajo matrimonio con el ingeniero Antonio Rodríguez Tamayo, quien ha sido su inseparable compañero por cuarenta y ocho años.  De esta unión nacieron cuatro hijos: Alejandro José, Gustavo Alberto, José Ángel y Mariela. Ellos, a la vez, les dieron cinco nietos: un inteligente muchachito, llamado Mauricio, y cuatro hermosas niñas: Alexandra, Gabriela, Andrea y Verónica.

Por razones obvias, después de su matrimonio siguieron muchos años en los cuales M.A estuvo dedicada a la crianza y cuidado de sus hijos, su casa, su familia. En 1961 viajó a Los Ángeles, California, en compañía de su esposo y los pequeños Alex y Gus. Durante esa estadía de dos años, asistió a Cursos de Extensión de Sociología y Antropología en la Universidad de Southern California.

Más tarde, de regreso en Caracas, trabajó como profesora de inglés en el colegio donde estudiaban sus hijos y creó el  Instituto “English for Children”, que funcionaba dentro de su propia casa. También, por ese tiempo, fue fundadora y directora del “Centro Infantil Divina Pastora”, dedicado a niños en edad preescolar.

El 28 de marzo de 1971, Mariela tuvo la mayor pena de su vida, con la muerte de su querido padre, don Alberto. Y tres años más tarde también su madre, la inolvidable doña Rosa, los abandonaba para siempre.

En julio de 1975, M.A. se graduó de Licenciada en Letras en la Universidad Central de Venezuela, y fue a partir de ese acontecimiento que comenzó a escribir sin titubeos.  Ese mismo año publicó Vitrales, libro de relatos que fue escrito en pocas semanas, durante unas vacaciones en la montaña de El Junko, cerca de Caracas, y con el cual obtuvo Mención de Honor del Premio Municipal de Literatura. En estos relatos la escritora logra liberarse de una serie de experiencias angustiosas, unas reales y otras  imaginadas o soñadas, con las que había cargado mucho tiempo.

Pero siempre quedaba el desarraigo, la insatisfacción de nunca haber tenido una casa sino muchas casas que no eran suyas; la dolorosa sensación de no pertenecer a ningún sitio. Entonces publicó su segundo libro,  El Trueno fue una de mis Tumbas.  En esta novela la escritora se apoderó de una preciosa vida que no era suya, sino la historia de doña Rita Tamayo, su madre política, quien vivió una infancia feliz, a comienzos del siglo XX, en “El Callao”, una próspera hacienda de caña de azúcar. Como Mariela se posesionó de esa otra existencia y la vivió  a plenitud,  se liberó del hondo desarraigo…

El interés por los orígenes había existido siempre; el afán de hurgar más atrás, de encontrar el “de dónde venimos”.  Y cada vez se hacía más evidente su pasión  por los pueblos indígenas, por las culturas afro-americanas, por  los pobladores  más desconocidos y olvidados de la patria. Por eso, desde sus días universitarios, M.A. se relacionó con eminentes antropólogos como Miguel Acosta Saignes, Esteban Emilio Mosonyi, María Matilde Suárez y Jeannine Sujo, entre otros, con quienes pudo aprender y compartir  puntos de vista: la idea era facilitar la autogestión de los indígenas, sin perturbar sus culturas milenarias. Visitó el Delta del Orinoco y Amazonas y en 1983 coordinó el proyecto “Arte Indígena de Venezuela”, cuyo resultado fue una magnífica exposición de 404 obras artísticas de 18 grupos indígenas del país. Esta Exposición se pudo apreciar en la Sala Mendoza de Caracas y, posteriormente en el Museo Nacional de Bogotá.

M.A. empezó a estudiar  los indígenas venezolanos con verdadera dedicación; comenzó a comprenderlos, a valorar sus mitos, sus leyendas;  a respetar sus maravillosas y extrañas culturas, hasta sentirse parte de ellas, hasta  quedar inmersa en ellas. De esta experiencia extraordinaria salieron tres libros: Akaida, sobre los warao del Delta del Orinoco (Mención de Honor Premio Municipal de Literatura); Orasimi, sobre los yanomami del Alto Orinoco (Premio Municipal de Literatura), y años después, en 1987 la novela Irena, sobre los barí, de la Sierra de Perijá, y los chibchas de la altiplanicie bogotana. Con Irena cerró la trilogía indígena.

En mayo de 1978, Mariela Arvelo fue invitada a participar en el Tercer Congreso Interamericano de Escritoras realizado en Ottawa, Canadá. Allí presentó el trabajo “Cinco voces venezolanas del presente”, un acercamiento a la obra de las escritoras Laura Antillano, Matilde Daviú, Hanni Ossott, María Fernanda Palacios y Miyó Vestrini. Dos años más tarde, durante el semestre de otoño de 1980, fue participante por Venezuela en el prestigioso “International Writing Program” en Iowa City, USA, donde anualmente se reúnen escritores del mundo entero, en una cordial y fructífera convivencia. Fue entonces nombrada Miembro Honorario de la Universidad de Iowa. Durante este tiempo y en viajes posteriores, M.A. asistió a los cursos de literatura africana, dictados por el profesor Peter Nazareth. Allí, bajo su supervisión, tradujo al español uno de los libros fundamentales de África Oriental: La Canción de Lawino, del poeta ugandés Okot p’ Bitek.

Además de La Dama de los Cardos, cuento para niños basado en una secuencia de cuadros del pintor larense Trino Orozco, M.A, ha escrito una docena de obras – todas publicadas por la editorial Tecnocolor (editor: Marvin Klein) – dedicadas al público infantil. Estos libros tratan temas diversos: desde los mitos y leyendas indígenas y cuentos y versos populares, hasta el tema de los valores.

Otra de las pasiones de Mariela Arvelo – tal vez por esa búsqueda infatigable de sus orígenes y de lo más auténtico que existe dentro de ella – ha sido siempre España. De boca de su padre escuchó los primeros nombres de ríos y lugares, las primeras hazañas, los primeros poemas que se le han quedado para siempre grabados: Guadalquivir, La Alhambra, El Cid, García Lorca… En un viaje turístico que hizo con su esposo en 1983, siguió la llamada “Ruta de El Quijote”, y fue tan grande su emoción que  regó con sus lágrimas todos los caminos.  Atrás quedó  La Mancha y llegaron a Córdoba. Cerca de allí visitaron las ruinas de la regia ciudad de Medina Azahara, la cual había sido construida, a mediados del siglo x,  por el primer califa cordobés, ‘Abd al – Rahman III, para Azahara, su favorita. Aquí de nuevo surgió la magia y el hechizo. Mariela sintió la llamada, la necesidad de escribir sobre Azahara; de ser Azahara, de transformarse en ella. Vinieron años de investigación y trabajo, hasta que vio la luz Azahara  y el Califa. Ya está lista una segunda novela que trata sobre el mismo tema.

En 2001, Mariela Arvelo se alejó sin tristeza de la ciudad capital;  vendió la casa donde había vivido treinta y siete años y se mudó a El Tocuyo – un pueblito larense – junto a su esposo y  José Ángel, el único hijo soltero, quien es pianista. Los otros hijos y los nietos están ahora en el extranjero. Alejandro, el ingeniero de sonido se mudó a Canadá con su familia; Gustavo, el biólogo, vive con su esposa en Alemania;  y Mariela, música y profesora, se encuentra con los suyos en España.

Para finalizar estas notas biográficas, diremos que Mariela Arvelo es una mujer sencilla, alegre, extrovertida, a quien le gusta cantar, acompañada al piano por su esposo Antonio. Le gusta divertirse, ir a las tiendas y a las fiestas y compartir con los amigos. La hemos encontrado en una amplia casa, fresca y acogedora, con helechos y palmas, con matas de mamón, mango y tamarindo, con hamacas colgadas bajo los árboles. Aquí ella lee, descansa, escribe. Y espera las visitas de sus amados hijos y nietos, para abrazarlos.

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Once Años Después:

¡Han pasado once años desde que las páginas anteriores fueron escritas! Hoy nos disponemos a   actualizar estas notas biográficas…

Estamos en octubre del año 2016 y, lamentablemente, en este largo período sucedieron varios acontecimientos trágicos   en la vida de la escritora Mariela Arvelo. Tantos, que por un tiempo ella se sintió como una persona distinta y distante a aquella mujer alegre y jovial que fue una vez.

Primero vino la muerte del hijo mayor, su amado Alejandro, el ingeniero de sonido, músico y compositor, quien falleció en Montreal a los 50 años, en junio de 2009. Apenas un año después falleció Alberto, único hermano de Mariela; y en enero de 2013 debió despedirse de su esposo Antonio, el  inseparable compañero durante más de medio siglo. Tres pérdidas terribles, demasiado profundas, que la escritora está apenas logrando sobrellevar.

Con tantos duelos y tristeza, las nuevas circunstancias cambiaron radicalmente la vida de Mariela Arvelo. Y con la muerte de su esposo debió tomar difíciles y drásticas decisiones, para asumir, sola, los numerosos compromisos. Debió vender su casa y mudarse -junto a su hijo pianista José Ángel, y con la fiel señora Ana- a una vivienda más pequeña, pero igualmente grata y acogedora. La mudanza en sí significó otra pérdida, pues se vio obligada a  desprenderse de muchas de sus queridas pertenencias: libros, muebles, cuadros, y decenas de objetos cargados de recuerdos.

Hubo, por supuesto, numerosos momentos y motivos de felicidad, como el reencuentro de toda la familia Rodríguez Arvelo en España, en el verano de 2006. Padres, hijos, hermanos, nietos y abuelos, provenientes de diferentes partes del planeta, se reunieron en Casteldefells, un pueblito situado a orillas del Mediterráneo, y allí compartieron días inolvidables de alegría, paseos, canciones, comidas y charlas que a veces se alargaban hasta el amanecer. Esa hermosa aventura del reencuentro no pudo repetirse, porque llegaron tiempos de infortunio.

Por lo ya mencionado, comprendemos que estos once años han sido difíciles para Mariela Arvelo;  pero ella  ha sabido afrontarlos con valentía, entereza, y una buena dosis de optimismo. En cuanto a sus otros hijos, Gustavo y su esposa Haydee, regresaron a Venezuela, después de ocho años en Alemania y ahora viven en una casita de montaña, a poca distancia de El Tocuyo.  Su regreso ha sido un gran alivio para la madre, quien tiene en ellos  un permanente apoyo.  Por su parte Mariela, la única hija hembra, continúa viviendo en España con su esposo Henry y sus hijos Mauricio y Verónica, dos talentosos adolescentes. Y en cuanto a la familia de Alejandro, después de su inesperada partida, su viuda Carolina y sus tres hijas se mudaron a Suiza, y allí  permanecieron durante dos años. Luego las jóvenes regresaron a Canadá, donde Gabriela y Andrea, las dos menores, cursan estudios universitarios, mientras que  Alexandra, la nieta mayor de Mariela, es ya una exitosa profesional.

Al terminar este breve recuento diremos que nuestra escritora continúa escribiendo con entusiasmo. Es colaboradora del diario “El Informador” de Barquisimeto, tuvo a su cargo la revisión y corrección del libro de Eduardo Gómez Tamayo “Vivencias de un Hombre de Consenso”,  y ha participado en interesantes actividades universitarias de la UCLA, dedicadas al estudio de su obra literaria. Ahora trabaja en la organización de su extensa Obra Poética, la cual se encuentra totalmente inédita.  En el año 2009 escribió “Pradera de los Astros”, poemario dedicado a Alejandro, del cual se hizo una edición casera, especialmente para la familia.  El año 2015  escribió un interesante libro, dentro del género biográfico,  titulado “El Caballero Andante y la Pluma de Oro;  Vida y Obra de Rafael Arévalo González”, donde se ahonda en el pensamiento de este importante político y periodista venezolano. El libro fue publicado en agosto de 2016.

Está también entre los planes de la autora la publicación de su obra literaria en formato digital, a manera de e-books. Ante la dificultad para editar sus libros en papel, a la manera tradicional, Mariela Arvelo piensa publicar su variada obra inédita en forma digital. De esa manera saldrá a la luz, entre otros títulos,  una hermosa colección de cuentos infantiles titulada “Las Aventuras de Venedino” y,  principalmente, la novela “La Sultana Aurora”, la cual se desarrolla en la España califal del siglo X, y  viene a ser la prolongación de “Azahara y El Califa”.

La actividad literaria de Mariela Arvelo parece haber tenido un nuevo impulso y diversos motivos de inspiración recientemente. Este último año la escritora sintió la necesidad de escribir su “libro del ocaso”, como ella lo llama, y se dedicó a trabajar intensamente, con un fervor inusitado. Tanto es así que en pocos meses tuvo listo su libro titulado “Cuaderno del Adiós”. De igual manera, corrigió íntegramente su “Obra Poética”, que consiste en una selección de sus poemas, escritos entre 1977 y 2016. Actualmente trabaja en un proyecto que la llena de gozo: escribe los apuntes sobre la vida y la obra de su padre, el poeta Arvelo Torrealba.      

Nos falta señalar que, a sus setenta y seis años,  M.A. no ha abandonado su trabajo como profesora de inglés y disfruta las clases con niños y adultos como en los viejos tiempos de sus inicios… Y como a veces da clases de italiano, su casa de la calle 12 es casi una pequeña academia de idiomas.

Al despedirnos en su jardín, le pedimos a Mariela Arvelo una última reflexión.  Ella dice sonriente:  “Se han abierto y cerrado las distintas etapas de mi vida, y en ellas creo haber cumplido, de la mejor manera posible, con los propósitos de mi existencia. Por eso estoy tranquila y satisfecha,  en paz conmigo y con el mundo.  Y doy gracias a Dios por sus bendiciones, pues me siento querida y respetada, no solamente  por mis hijos, nietos, sobrinos y demás familiares, sino por los  amigos que me brindan a diario su compañía y afecto…”

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